nos ha dado preciosas y grandísimas promesas…
2 Pedro 1:4
Mi
hija menor y yo tenemos un juego al que llamamos «Pellizcadores». Cuando ella
sube la escalera, yo la persigo y trato de darle un pequeño pellizco. Las
reglas son que solamente puedo pellizcarla (con suavidad, por supuesto) si está
en la escalera. Cuando llega arriba, está a salvo. Pero, a veces, no tiene
ganas de jugar, y si la persigo, dice enojada: «¡Nada de pellizcadores!». Y yo
contesto: «Nada de pellizcadores, lo prometo».
Esta
promesa puede parecer una tontería, pero, cuando hago lo que digo, mi hija
empieza a entender algo de mi carácter. Experimenta que soy consecuente; que lo
que digo es cierto y que puede confiar en mí. Cumplir esa promesa parece
insignificante, pero las promesas —o el cumplirlas, debería decir— son los
eslabones de los vínculos, y establecen un fundamento de amor y confianza.
Pienso
que Pedro quiso decir eso al escribir que las promesas de Dios nos permiten
«ser participantes de la naturaleza divina» (2 Pedro 1:4). Cuando le tomamos la
palabra a Dios, confiando en lo que dice de Él y de nosotros, conocemos su
corazón. Puede revelarnos su fidelidad cuando descansamos en su verdad. Doy
gracias porque sus promesas son recordatorios concretos de que «nunca decayeron
sus misericordias. Nuevas son cada mañana» (Lamentaciones 3:22-23).
Queremos
orar por ti
Templo
Cristiano Eben-ezer
Saludos
cordiales, bendiciones
Maná
para Eben-ezer
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Tomado
de Nuestro Pan Diario


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